La comida ha estado increíble y la sobremesa mejor, con el tema de Auschwitz en un plato con lyches y pienso en razas inferiores y más que razas en seres inferiores que son la vergüenza de nuestra desvergonzada especie. Entonces llega Maria Fernanda con dos sujetos (de pruebas), el uno conocido y ameno, el otro un mequetrefe triste completamente convencido de su discurso barato y solapado, convencido de tener el humor más corrosivo de la comarca, de haber visto el mundo que HAY que ver, de poder juzgarme solo porque utilizo un sombrero y tengo la barba de español. Tal es su grado de desfachatez que se auto denomina “artista digital”, y por un instante siento que voy a devolver los suculentos trozos de lomo que Santiago tan generosamente ha preparado.
Empiezo a dejarme llevar por esas olas rabiosas de su estupidez, y le digo que parece argentino, tal vez por su nariz de señora, o por su peluqueado de señora, o por su nombre que rebota como una pelota de niño con problemas de aprendizaje (Renato), un híbrido de juguete con sapo gracioso, con lemur y marioneta. Le causa enorme gracia cuanto utilizo la palabra ‘hibrido’, y es porque no sabe que la utilizo para denominar lo más bajo de la construcción mental y real, un ser sin descendencia, o al menos yo quisiera que nunca esparciera sus genes (genética!) por nuestro ya disminuido mundo de lemures y marionetas.
Descubro que más que una marioneta es una rata moribunda que se presta al juego sádico del gato que la ha cazado, y rebota contra las paredes dejando manchones de inmundicia. La conversación llega a su punto álgido, conmigo auto-inflingiéndome cortaduras de humillación, solo por el placer de ver la ratita responder enceguecida. Y entonces la chispa mística-telepática, aparece Celerino con unos deseos irrefrenables de asesinar a golpes a la ratita, de sacarla de su agonía y arruinarle el rato al gato que la mueve como un juguete-marioneta. La cordura social acude al rescate y Renato salva su pellejo, con una sonrisa de rata moribunda que sabe que su destino está sellado, tal vez no esa noche, pero alguna noche en la que sus prejuicios se toparán con algún ser intolerante y armado.
Llegamos a la fiesta donde todo es penumbra. La venganza del gato es dulce sobre las pequeñas ratitas sin plata, y meto mi dedo en la asquerosa llaga de Renato hasta hacerla sangrar, y devuelvo al río toda la mierda que pesqué y la marioneta escucha impotente como todo el odio que sembró se le devuelve en la cara como un vómito hacia el cielo, y termina por ceder, como todos las ratas, por adorarme, por confesarme que después de todo le caigo muy bien y yo solo sonrío con todo mi asco por su debilidad, su mérito para ingresar en una cámara de gas. Y entonces de nuevo la chispa, que ahora ya no es una mera chispa en la penumbra, sino una conflagración rabiosa, y Celerino encuentra nuevas ratitas moribundas para jugar, para enseñarle a sus hijos invisibles cómo se caza, como se manipula una presa, y como toda presa se resiste, lucha, patalea, y termina por ceder también, por engrosar la fila de la cámara de gas, donde se exhiben los infrahumanos ridículos que jamás entenderán (KNOW, not FEAR) que algún día morirán. Y mientras yo me siento a reposar mi cortejo, mi complejo, Celerino estalla en un arranque de sinceridad realmente corrosiva, de gato ensañado con la rata moribunda y debemos salir sonriendo del apartamento, pero ahora mi gran amigo es un manojo de vidrio, mientras yo lo soy de concreto, y escucho a Maria Fernanda lanzar sus consignas de odio hacia mí, convencida de mis méritos para engrosar la fila de la cámara, empleando mi propia vida contra mí, con esa forma que tiene de aglutinar la mierda de los otros para después ponérsela en la puerta de la casa, ella es la verdadera artista de la familia. Yo me limito a sonreír, y a ver a Celerino dilapidar vidrios y fuerza y odio y vuelvo a sonreír al recordar que la noche había empezado con una sentencia de irritabilidad y monstruos, y que el conjuro del mago salió por el lado equivocado del sombrero. Y a ver a mi amigo correr cuesta abajo, no en patines como la noche, pero si por la macarena cuesta abajo y Maria Fernanda empieza a llorar y a abandonar el bando de los gatos y a volverse ratita y a engrosar la fila, y a pedirme perdón con un amor que casi podría creerse verdadero, y a tomar mi mano, a buscar la zarpa del gato que no la suelta y vuelvo a sonreír porque al final todos terminan buscando la garra, pidiendo perdón, confesando admiración y respeto por esa capacidad de aguantar mierda y sonreír, de desconfiar, de mirar con desdén y escepticismo a la especie que pertenezco, de rehusarse a engrosar la fila, a atestar al cámara. Ahora es Celerino el que rebota más allá de nuestro alcance y Maria Fernanda sigue llorando convencida de que será la última vez que lo vea, mientras yo le hablo por celular, como si fuera mi hijo predilecto, mi hijo pródigo, por cuyo destino jamás temo y cuya buena estrella roja conozco y sé que nadie lo violará, nadie lo robará, mientras rebota y rebota, y en dos horas estará durmiendo junto a su asquerosa lámpara inglesa de mesa.