Tiras cómicas de los miércoles

El Rey Alfonso Nieto presidía una de sus audiencias.

-Y el castigo de esta semana, caterva de infelices, será leer los 2000 sonetos de amor botánico del Duque Héctor Abad Faciolince II, hermano de una de mis esposas en las américas.

Un informante llegó al gran salón. El rey lo recibió con una mirada seca seguida de un gruñido de impaciencia:

-¿Qué ocurre, Pelaffo?

-Su Majestad, me temo que os debo poner al tanto de una muy mala noticia…

-Habla,  te doy mi permiso.

-Se trata de Sanclemente, su Majestad. Lo han encontrado muerto en sus aposentos. Se ha colgado del techo. Ha usado una bufanda de satín.

El Rey encolerizado se dirige a su séquito:

-¡Maldita sea la mujer que os ha parido a todos vosotros! ¡Os prohibo que mueran!

Todos guardan silencio, acatando la orden. El rey cierra los ojos y exhala, fatigado.

-Aún no escucho lo que quiero…

Todos gritan al unísono:

-Vuestra voluntad es como la tempestad de las Escrituras

El obispo Obesso es el único que no se permite participar en aquél coro de vocecillas sin voluntad. Vimos cómo se acercó al Rey, llevando en su mano un crucifijo más alto que cualquiera de los presentes. Bronce cuya pureza no deberá ponerse en cuestión.

-Cof-cof-cof- tosió el obispo, llamando la atención del rey. Luego le señaló, con su boca pintada de rojo, el crucifijo.

Ahora vemos, en la distancia, el cuerpo del obispo Obesso sostenido en el aire. El crucifijo ha servido como estaca para empalarlo. Sus brazos cortos y regordetes han quedado en posición de súplica. Su mirada, sin duda buscando algo en el cielo.

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