LOS SUICIDAS EN LA LITERATURA I
Mientras compruebo con apenas nostalgia como este 2008 da sus últimos y trágicos estertores, y como efectivamente el 2009 amenaza impunemente con ser una agonía peor, no puedo evitar preguntarme lo que siempre me pregunto al pensar en grandes ciclos temporales: ¿será este 2009 el ultimo para mi?. Aunque no me considero pesimista, si puedo dar fe de la fascinación que la idea de la muerte ha ejercido sobre mi desde tempranas edades. Obsesionado como estoy por la muerte, he imaginado tantas formas de morir que seguramente cuando finalmente lo haga no podré sentirme menos que decepcionado. Dos son básicamente las propiedades de la muerte que encuentro sumamente interesantes: la de constituir un acto vergonzoso y la de inspirar en los hombre la fría indiferencia de lo eterno. De lo ultimo ya hablo muy bien Borges, y por eso no haré sino citarlo aquí: No soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre / pienso con esperanza en aquel hombre / que no sabrá quien fui sobre la tierra / Bajo el indiferente azul del cielo / esta meditación es un consuelo. Creo que a todos nos es fácil entender este sentimiento, y yo mismo reconozco haberme maravillado por el ya en la infancia, mas exactamente cuando leí por primera vez la predicción reconocida por los astrónomos según la cual en aproximadamente cinco mil millones de años el sol crecerá tanto al convertirse en supernova que engullirá a la tierra “matando todo ser vivo en el planeta”. La plena compresión de aquel periodo de tiempo (¡5000 millones de años¡) me hizo pensar por primera vez en esa eternidad en donde yo no estaría presente, ni siquiera para maravillarme y sufrir por ese, el acontecimiento celestial mas catastrófico, momento sublime en el que el cielo se fundirá con la tierra. Esa infantil meditación también fue para mi un consuelo.
Aun así, a pesar del reconocido poder de tal reflexión, no es precisamente este aspecto de la muerte el que ejerce en mi la mayor seducción. Es mas bien ese otro ya mencionado, el cual me divierte comprobar como suele pasar desapercibido: la muerte es un acontecimiento vergonzoso, de hecho el mas vergonzoso que podemos imaginar. El hecho que por lo general no lo reconozcamos así solo se debe a la certeza que tenemos todos de la inevitabilidad de nuestra propia muerte: si nos supiésemos inmortales, no podríamos evitar reír al ver a alguien caer muerto a nuestro lado. Morir solo tiene como acto vergonzoso un opaco equivalente en la impotencia u otras disfunciones sexuales. Es una suerte que no estemos allí para presenciar como somos vejados sin contemplaciones, como somos desnudados, observados, juzgados por las frías manos de los desconocidos que morbosamente se acercan a nuestra tumba para comprobar juguetonamente nuestra muerte. Cuando nos detenemos a observar algún accidente al lado del camino, a –por ejemplo, algun motociclista aplastado contra un árbol, lo hacemos con la secreta emoción del que descubre a su amada en una escena intima. La muerte es como un “sucio secretito” del que nadie habla, incluso inconfesable para las mas cercanas amistades.
Solo este modo de entender la muerte puede explicar curiosos fenómenos que nos son familiares. Véase por ejemplo la conocida dificultad en conversar con alguien aquejado por una enfermedad terminal, situación en la que a pesar de que es bien conocido por todos la cercanía de la muerte, se siente la necesidad de obviar este lógico tema en la conversación, como si mencionarlo fuese una indiscreción, una traición de un secreto que el moribundo haría bien en ocultar. También es de mal gusto hablar de la muerte de los demás, hacer cálculos y plantear hipótesis: es un tema tabú que la gente decente tiene a bien no mencionar.
Por ello siempre he sentido estimación por aquellos que hacen caso omiso de tal vergüenza, y abrazan la muerte como acto consciente. Ellos realmente, a diferencia de todos, deciden morir, lo que los convierte en auténticos sinvergüenzas. Hablo por supuesto de los suicidas, aquellos extraordinarios seres que se sumergen en la infamia de su propia aniquilación para la general incomprensión de los que sobreviven. Desesperados, críticos implacables de su propio dolor, los suicidas se deciden por la vergüenza con la alegría de saber que no tendrán que dar explicaciones. Pocos escritores han podido describir esta majestad en la figura del suicida, pero los que lo han hecho logran conmoverme como solo un misterio inexpugnable puede conmoverlo a uno. Veamos unos ejemplos:… (espere la continuación en enero…)