Los empleados de la rama judicial estaban en huelga. En las tardes, había que ser de piedra para no conmoverse con el espectáculo de la liberación. Los hombres eran sacados de sus jaulas, se les instaba, no de muy buena gana, a que cogieran vuelo. A que se perdieran en el horizonte, junto con las golondrinas ecuatoriales y algunas mujeres.
Sonó el teléfono.
-¿Aló?
-Sí…
-¿Ha estudiado leyes?
-No.
-No importa. Necesitamos que nos eche una mano. Estamos de casos hasta el pescuezo.Anoche un buen hombre que nos ayudaba fue sepultado por un alud de expedientes. Cuando lo sacamos tenía los ojos inflados y la piel ennegrecida. Al parecer masticó y masticó papel, tratando de salvarse…
-Ummmm. ¿Y qué fue lo que se mandó al buche exactamente? Hay papeles de papeles. Documentos muy delicados.
- Todo lo que archivamos es importante, señor mío
- Ahí se equivocan ustedes.
Y colgué.
El tipo de la radio empezó a hablarme. Dijo algo sobre las callosidades. Sí, dijo que él me ayudaría con eso. Eran las tres de la tarde y yo hacía burbujitas con la boca, como un bagre de río. Unas cuantas golondrinas deberían estar volando hacia el oriente, guiando a los afortunados muchachos fuera de sus jaulas, mientras los de la justicia buscaban con desespero hordas de voluntarios, para poner fin a las vacaciones. La gente se estaba mal acostumbrando. El tipo de la radio me preguntó: ¿ No me gustaría hacer que esa mujer inalcanzable que tiene como oficio el desprecio hacia mi persona se arrastrara, como japonesita mutilada, a mis pies? ¿No me gustaría acaso hacerla mía para siempre, despojarla de toda su voluntad y juicio?
-¡Caramba!- respondí emocionado- ¡Me interesa!
Pero el hombre de la radio hizo silencio.
Sonó el teléfono otra vez.
-Diga…
Es un amigo, que me llama para darme una noticia: nos han robado una idea. Bueno, no era nuestra exactamente, pero la estuvimos escondiendo durante años en el cuarto de los juguetes. En la televisión estaban mostrando el retrato hablado de un hombre que, disfrazado de gorila, le había disparado entre carcajadas a un pobre mensajero que pasaba por una bervena. Luego me cuenta mi amigo que en entrevista al mozo (gracias a Dios a salvo de la muerte) víctima del gorila pistolero, se le preguntó por el paradero del proyectil recibido. Los médicos bromeaban, dice el joven. Es todo lo que recuerda. La nota finaliza con un plano semiabierto de un joven más bien de pocas carnes, sin camisa, sentado sobre un flotador en una humilde sala de algún barrio de esta ciudad. A su lado posan perros y niños con piojos, y vecinos desempleados que buscaban salir en televisión.