No Seás Animal
Fue cuando admitió despreocupada que había comprado ese perrito porque sabía que la hacía verse bien, a pesar de las incomodidades que le generaba, que todos se rieron. Pero Octavio nunca había conocido a una mujer tan honrada. Yo le compro Purina y lo saco a hacer popó, y él a cambio mueve la cola y posa en fotos conmigo, decía con convicción, y él se quedaba mirándola maravillado. Era hermosa; era inteligente. Así, vivía en un portarretratos, y no pensaba en el miedo a salir. Asistía a reuniones donde la admiraban y se atracaba con pasabocas, todo dentro de un marco de seguridad, todo bien calculado y bien presentado. Tenía conocidos que la visitaban, le hacían regalos, y la saludaban en el centro comercial. A su perro le pagaba el mejor veterinario, y la mejor peluquería canina. Eran felices. Por momentos sospechaba un olor a desperdicio, pero entonces corría a meter la nariz en jabón. Y ya.
Eso es todo. El día en que se encontró con Octavio le ofreció algo de tomar, y él emocionado aceptó entrar a su casa, muy higiénica por donde se mirara. No había música, y el perrito no ladraba. No había rastros de mente echada a perder. Todo estaba exquisitamente decorado, digno de mostrarse, de verdad. En un rincón de la sala había una mesa alta y angosta, como de almacén de antigüedades, y sobre ésta, una jarra llena de algodoncitos empapados en detergente. Ella tomó dos y con delicadeza se los puso a Octavio en las fosas nasales. Todavía sonriendo, le dio la espalda y caminó hacia lo que parecía ser la cocina. Octavio la veía cada vez más bonita, y pronto la vio venir con dos vasos llenos en sus manos. Brindaron. Él tragó, y fue así que sintió inmediatamente el dolor. Algo se descubría. Tuvo que correr al baño.
No se trató de un veneno. Al levantarse del inodoro, temblando, se quedó mirando el color del agua, y mientras halaba la cuerda, pensó: menos mal salí de esto. Se despidieron con cordialidad. No hubo alteraciones.
(Una vida perfecta no es un desperdicio).