¿Qué clase de nave interespacial es esta?
Él: ¿Y qué tal si sale delicado?
Ella: Gay.
Él: Gay, gay, ¿qué tal si resulta gay?
Ella: Pues no sé. ¿Qué se puede hacer?
Él: Por eso, qué tal que…
Ella: Pues gay y todo es un hijo, y uno lo acepta como venga.
Él: Claro, pero no es que sea un defecto, yo lo digo porque sería difícil…
Ella: (Bosteza como una leona satisfecha) ¿Para quién?
Él: Bueno, para la vida… mira: las cosas nunca serán fáciles…
Ella se voltea, girando sobre su lado izquierdo, dándole la espalda a él. Éste permanece inmóvil, con la mirada trazando un vector lineal hacia el techo. El televisor está encendido. Luego él se fija en su espalda desnuda: los estallidos de la luz del televisor hacen que su piel adquiera por instantes visos violetas y blanquecinos.
Ella: (Ya quedándose dormida) Por favor, apaga el televisor antes de quedarte dormido, creo que las pesadillas de los últimos días salen del televisor y se meten por mis oídos…
Él: ¿Tú también? Entonces…
Ella ronca, o finge que ronca. Cómo saber a ciencia cierta, mierda. Él siente rabia y para desquitarse deja el televisor encendido. Hay un programa de concursos. Es tarde, muy tarde, y la programación es bastante desmadrada. Hay mujeres en bikini saltando en una cama de hule. En otros tiempos, ya estaría torciendo los ojos y agitando el brazo derecho entre sus muslos. Ahora todo en la televisión parece un partido de tenis en Wimbledon. Pin-pon. Arriba, abajo. Este, oeste. El concurso consiste en proyectar una serie de fotografías de traseros desnudos, y el participante debe adivinar a qué personaje famoso o celebridad pertenecen las nalgas que aparecen congeladas en una foto fija.
Él: ¡Jack Nicholson!—se sorprende diciendo el nombre en voz alta. Pero no, era el trasero de Sinatra.
Él: (bosteza como un león torpe y flojo) vieja llena de plumas, ese Sinatra. Siempre lo supe.
Él se duerme y tiene un sueño: ingresa a un baño lujoso, parece el baño de un penthousse. La decoración es limpia, cristalina. Más bien parece el baño de una nave interestelar, pero es grande. Podrían vivir allí muchos taiwaneses y centroamericanos desplazados por las multinacionales. Colgadas en un cuerno metálico (¿Será titanio?) hay una pantaletas. Son hermosas: rosadas con bordes rojos, como los que usa una niña de quince años. Siente que la entrepierna se enciende ,como el motor de un camión cisterna. Las toma con sumo cuidado, con miedo a ser descubierto. Están arrugadas y tibias, alguien acaba de usarlas. Una perversa lolita interespacial. Bueno, que se revuelquen en sus tumbas extravagantes y pomposas esos idiotas filósofos franceses de finales de los noventa, afeminados e impotentes: el futuro es mejor, siempre, siempre.
La puerta del baño se abre con un chirrido estremecedor, un roedor moribundo ¿Qué clase de nave interestelar es esta? Basta un estornudo para que el sueño sea ahora una pesadilla: él se voltea y trata de esconder, hecho un manojo de nervios, las pantaletas en el bolsillo de su pantalón.
Él (En la pesadilla tiene una voz fuerte. Podría hundir un portaviones con un solo grito): ¿No deberías tocar antes de entrar? Es algo descortés.
Un joven de unos veinte años (Su piel es muy blanca y no tiene cabello. Tampoco cejas ni vello facial): ¿A quién culpar? La cortesía debe enseñarse en casa, eso es lo que siempre he entendido.
Él: ¿Qué me estás insinuando?
El joven: Nada.
Él: Bien, no es momento para este tipo de charlas.
El joven: por supuesto que no. Ambos tenemos mucho que hacer.
Él: has dicho algo muy cierto. Ahora, con tu permiso…
El joven: Bien, padre.
Él: que tengas una buena noche.
El joven: trataré de hacerlo. Y padre, recuerda que los momentos más hermosos de nuestra vida han ocurrido en esta nave. Has sido un buen capitán. A veces quisiera consolarte, porque sé que sientes una gran decepción, pero padre, ¿Cómo no sentirnos menoscabados e impotentes ante la inmensidad y la complejidad de los misterios espaciales? Mira por la ventanilla, padre, esas estrellas no son nada más que hologramas, y aún así, los cuentos que me leías siendo un niño nos enseñaron a creer en ellas. Estoy s seguro de que aún crees en ellas, padre.
Él: que tengas buena noche, hijo.
El joven: Padre, una cosa más: las pantaletas que tienes en el bolsillo son mías.
Fin de la pesadilla. Él abre los ojos, haciendo un delicado chasquido con sus pestañas. Ni siquiera puede oír su respiración. ¿Estará muerto? ¿O en el infierno? El televisor está apagado. Ella duerme. Se ha volteado sobre su espalda, boca arriba, y ha llevado una de sus piernas sobre él. ¿Estará ella muerta? La acaricia para sentir su piel, su vida. Pero siempre la ha sentido fría. Si está muerta, será un problema quitársela de encima. Y además, no podrá contarle su pesadilla. Toma el control remoto y enciende el televisor. Los del cable promocionan los canales porno regalando la señal por unas cuantas horas en la madrugada. Con estos canales sólo bastan un par de minutos. Si ella está muerta, lo último que vio fue a una sueca glotona devorando el trozo de humanidad de un jardinero finlandés que tiene una esvástica tatuada en uno de sus glúteos.
Él: Sería imposible, no con esta vida que hemos llevado ¿Verdad?
Ella: (Duerme, o finge que duerme, o finge estar muerta)