Presentir ingenio en el gesto estético de un artista que busca una vida desgraciada es una estupidez. Entonces se podría hacer del desengaño o de la pesadumbre un movimiento conciente. En este caso se corre el peligro de creerse perseguido, incomprendido o mártir. No se sufre una desgracia sino es para sufrirla. Eso es todo. Otras versiones más románticas o degeneradas están erradas por exageradas o por melindrosas. Si bien es cierto que la atracción embrutecida del adolescente por el desastre es una condición fascinante que puede durar hasta la lejana adultez, una mirada enternecida que se fija en las úlceras es la conducta inequívoca de un desquiciado. Respecto a las malas pasadas se puede ser ingenuo pero no tierno. Si alguien le acaricia sus cicatrices, demándelo, si alguien besa su labio leporino, vomite, si algún apiadado se ofrece a empujar su silla de ruedas en los semáforos, golpéelo en la entrepierna y arrójese al chasis de un bus.
Ahora la desdicha no es atractiva y a la vez ha dejado de verse como un castigo. Pero hay que tener en cuenta que siempre se ha tenido sobreestimado al pecado, somos demasiado jóvenes para ser pesimistas, somos tan jóvenes que cien años en el mundo no nos harían viejos. Aunque tal vez le quede a uno la opción de programarse a través de la neuro-lingüística. A ver, repita la palabra: pésimo, pésimo. Ahora, grítela y agréguele el sutil encanto de los vocablos desgracia, calamidad y tragedia. Tantas palabras para referirse a la catástrofe y sus derivadas. Tan sólo una para cosas como amar o felicidad (no se le ocurra pensar que alegría o bienestar servirían, no, por favor no lo haga). Parecería que todo empezó mal desde la estructuración del idioma. Pero no, es sólo una apariencia. Tampoco es una cosa genética así como jamás se la podría explicar a través de las leyes naturales o de la metafísica. Las cosas se han dado en su justa medida. No hay de que quejarse. No hay a quien culpar o sobre quien hacer caer la furia de una venganza. Nadie tiene la fuerza moral necesaria para maldecir a otro, así las cosas podrán a usted matarlo pero no maldecirlo. Sí ve, las cosas no son tan malas. Nada tiene usted que perder más que sus extremidades o los sentidos, y eso, bueno, sólo ponga cuidado al cruzar la calle, evite nacer en países en guerra, y jamás, ojo, jamás, se suba a tapar las goteras en medio de una fuerte tempestad sino es usted acróbata o inmortal.
Intente odiar a los hombres y desconozca la existencia de una presencia superior o más antigua que usted. Si no se está para servir a un Dios tampoco se está para servir a los que están hechos a su imagen y semejanza. Se debe tener siempre presente que el servilismo puede tomar las formas más sugestivas, como formar alianzas para destruir a un tercero, caso en el cual se estaría sirviendo los intereses de un segundo, así se tenga la ridícula certeza de ser uno el que manipula. Repudiarlos, si bien puede ser en principio gratificante, terminará por convertirse en un lastre ya que, irremediablemente, en algún momento de su vida, usted se va a enamorar de uno de ellos y seguramente va a cometer el diabólico acto de la reproducción. Paso seguido será usted invadido de un fatal sentimiento de culpa y/o compasión (o culpa por la compasión) y tratará usted de explicar su estado recurriendo a algún oficio supersticioso como la psicología o la prestidigitación. El esclarecimiento de la compasión es demasiado inexacto como para que algún timador pretenda abarcarlo con la palabra o con el pensamiento. Ahora, que si usted cree poder hablar más duro que los hombres santos y asegura que su pensamiento atraviesa las ideas desde la primera y más descabellada hasta la última y más sofisticada pues hágase a una pluma y regálenos sus ideas sobre La inmensidad, Las leyes que rigen el azar, Quién es el papá de Dios o Cuál es el último número, le aseguro que pasará a la posteridad, sí, en serio.
Sí, cómo no, imposible dudarlo. I
Inténtelo, vamos, inténtelo.
Pero antes de hacerlo tenga en cuenta que todos vamos a estar pendientes. Sintaxis, tono, ortografía, ritmo, respiración y credibilidad serán revisados cuadro a cuadro. Fingiremos ignorarlo, sí, probablemente, pero vamos a estar ahí. ¿Aun así se atreve a hablar? Necio. Es recomendable fijarse antes en los claros ejemplos que nos brindan los malos poetas, los presidentes poco carismáticos y los atletas bajos de testosterona. Es mejor que nos regale la claridad de su silencio. No se evalúe, no nos evalúe. Calle. La palabra no debe ser pronunciada. Su ética esquelética no alcanza para ganarse un lugar en la conversación.
Una vez era usted joven, feliz y desempleado, pero su etapa de desposeído subsidiado pasó, debía pagar sus propia inmundicia, estaba obligado a trabajar para tomarse sus cervezas. Ya no tenía dinero para sus cosas. Ahora, que todo ese tiempo que a usted le sobraba entre despertar y dormir debía aprovecharse. Aprovecharse, ¿suena mal, no? Sí, suena mal. Entonces entró usted y se hizo asalariado (prefiere llamarse así porque obrero huele muy feo) y entonces descubrió que ya no le quedaba tiempo para tomarse las cervezas. Fue ahí que, aterrorizado, usted volteó a mirar atrás y constató que la puerta había sido cerrada con llave.
Bueno, no deje de sonreír, con el dinero ganado podrá usted abastecerse de posesiones que lucir en la oficina. Cómprese ropa nueva, de colores no muy oscuros y hágale un roto a su pantalón, no para posar de hippie o de rico venido a menos, sino para que crean que ha regresado usted de una guerra, para que crean que ha usted arriesgado su vida en defensa de algo (la patria funciona, cómo no, aunque ahora eso es muy anticuado ya que se trata de ser universal de amarlos a todos y combatir a los que no aman) y que regresó usted con hoyos en sus harapos, no mutilado, eso le traería inconvenientes a mediano plazo, sino sólo algo estropeado. Será usted un héroe y las buenas señoras lo invitaran a almorzar para que le vean sus hijos descarriados y perezosos. Será usted algo grande, tan inabarcable y al mismo tiempo tan modesto, justo y simple en su amor por la humanidad que se le olvidará fácilmente ya que usted es demasiado humilde para aspirar a la gloria.
Sí ve, el cielo se gana tan fácil.
Inténtelo, hombre. Inténtelo.
Ahora busque un equilibrio entre sus buenas acciones y sus deslices. Refiérase a los de piel oscura como negros, a los desposeídos como pobres, y a los poco agraciados como feos. Repita esas tres palabras: negro, pobre y feo. ¿Se siente mejor? Claro que no, no tiene usted porqué. Le dirán malvado, insensible o fascista. Y tendrán razón, ¿cómo se le ocurre decir ese tipo de cosas? Mejor no diga nada de eso ya que además es muy probable que usted pertenezca a una de las tres o a alguna variación (no feo pero sí muy bajito, no negro pero no tan blanco, no pobre pero con mal gusto).
El pesimismo no se ha devaluado, sólo se ha hecho invisible. No hay que engañarse, se puede uno topar con esa palabra conversando con un comerciante o con un agente de bolsa muy bien peinado, pero eso sólo significa que algunos todavía ven un enemigo donde no lo hay. Y eso está mal, créame, nadie quiere ser lactante en la tierra de la mala leche.