Alegrarse de las pequeñas cosas de la vida, saber encontrar lo bueno en lo malo, y en general, comportarse indolentemente frente a la propia desgracia, esa es la nueva moda de la triste nación colombiana. Tan comprometidos están nuestros compatriotas en tal empresa, tan entregados al martirio, que en Colombia la resignación ya alcanza la categoría de arte, uno cuya evolución es materia de infinito alcance. Maestros en la racionalización de sus propias desgracias, los colombianos han aprendido a odiar instintivamente todo recuento, registro o narración que les recuerde la mala fortuna de haber nacido en tan deplorables tierras. El presidente de esta nación patafisica ha alcanzado tal maestría en este arte, que sus discursos son reconocidos universalmente como “deslumbrantes demostraciones del poder de la resignación”, tal como un poeta argentino lo expreso. Nada le parece infortunado al colombiano: si, por ejemplo, atrapan a varios de sus congresistas en flagrancia de varios delitos, el colombiano promedio se limitara a observar el poder y la claridad con que la justicia actúa; y si luego estos congresistas quedan en libertad por fallas procesales, de nuevo las buenas personas de esta sombría nación no verán en ello sino una prueba de la honestidad con la que actúan sus congresistas. Ante las nuevas cifras de
la ONU que demuestran como los cultivos ilícitos en Colombia han aumentado un 27%, el presidente se limito a señalar la “extraordinaria precisión que ha alcanzado la ciencia estadística durante su mandato”, con lo que se gano el aplauso no solo de sus compatriotas, sino el de la comunidad patafisica universal. El colombiano promedio, que en otras facetas suele más bien mostrar una imaginación empobrecida, en lo que refiere a la indolencia demuestra un ingenio sin par en Latinoamérica.
Y sin embargo, lo ha querido el destino, este talento no ha sido repartido a todos por igual. Aunque pocos, se cuentan entre los colombianos algunos infelices que no logran explicarse a si mismos en que consiste la buena fortuna de haber nacido en estas coordenadas espacio-temporales. Ellos preferirían vivir de muy buena gana, ya sea en otro país o en otro tiempo, rodeados de mejor gente y enfrentados a un futuro mejor. Inhábiles a la hora extraer la bondad escondida en toda desgracia, estos pocos no solo se enfrentan a los retos de su propia discapacidad, sino que deben sufrir la discriminación de sus propios compatriotas, que suelen calificarlos de forma despectiva como “resentidos”. Pero ¿merecen estos desafortunados tal escarnio? Y si es así ¿Por qué exactamente?.
No pretendo tener las respuestas a tales preguntas. Sin embargo, si creo que el resentimiento es un arte al menos tan valioso como la resignación, y además involucra una faceta humana necesaria para la preservación de la cordura. El resentimiento, que hace su aparición en todos los niveles sociales, en todas las razas, y en todos los credos, es definido según
la Real Academia como “la capacidad de atormentarse por cualquier tontería” y también como “la habilidad de no olvidar la mas mínima ofensa”. El resentido suele extender aquella habilidad no solo a su propio sufrimiento, sino también al de cualquiera que para él tenga tristezas que resentir. Esto por si solo no tiene nada reprochable, e incluso puede calificarse de heroica la disposición del resentido al sufrimiento. Aun así, en lo que tiene que ver con la interacción social, el resentido demuestra una aguda incapacidad para empatizar con cualquiera que no sea un resentido. Esto, en un país de resignados, lo condena por supuesto al ostracismo.
El resentido ha sido estereotipado como siendo el peor aguafiestas a la vez que el poseedor de una aburrida conversación. Esto es apenas una verdad parcial, desmentida por investigaciones que demuestran un brusco cambio en el comportamiento del resentido cuando es proveído de suficiente alcohol; de repente luce jovial y comunicativo, lo que ha llevado a muchos expertos a creer en una “resignación latente” del resentido. Sin embargo, ningún estudio ha demostrado ser concluyente a este respecto.
El ambiente de resignación que se extiende en Colombia es responsable de la persecución que sufren los resentidos, persecución que tiene como lema “ganador es aquel que niega su derrota”; en Colombia, cualquier perdedor se siente autorizado a llamar resentido a cualquiera que mencione siquiera la posibilidad de la derrota. Abundan en este país los nombres de malos actores, pésimos escritores, mediocres periodistas, y poco higiénicas amas de casa, que sin embargo no toleran la mas mínima mención del estado deplorable en que se encuentran todas las artes en Colombia. Los resentidos suelen ser incómodos especialmente para aquellos que se avergüenzan de su procedencia, de su falta de talento o simplemente del estado precario de su economía. En un país lleno de gente pobre y sin talento, los resentidos encuentran cerrados muchos espacios sociales que impiden el libre desarrollo de su personalidad.
Esta persecución no debe, sin embargo, hacernos olvidar el primerísimo lugar que ocupa el resentimiento entre las funciones de nuestra conciencia. Solo el dolor que nos produce una ofensa es capaz de recordarnos quienes somos en realidad; solo la dolorosa experiencia de una herida emocional nos muestra el indefenso individuo que somos, en toda su extensión. Olvidarse de la propia desgracia, dejar de lado las dulces razones del resentimiento, es la peor forma de autodesprecio que puede haber. La rabia, que es la esencia del resentimiento, es como un faro que nos muestra nuestra individualidad en un mundo que lucha por hacérnosla olvidar. Ese mundo que intenta proseguir su curso sin tomar nota de nuestro sufrimiento, es aquel contra el cual debemos dirigir nuestra del todo inútil cólera y sempiterna amargura.
Resentir pues, es una forma de autoconocimiento, igual o mejor que el ascetismo famélico de la resignación. “conócete a ti mismo” dijo Sócrates, y talvez debió continuar diciendo que no había mejor forma de conocerse a uno mismo que atarse una bomba a la cintura y hacerse volar junto a los despreciables inocentes que nada tienen que ver con nuestras desgracias.