La advertencia fácil en el arte

A Eduardo Vinci se le recuerda hoy como el poeta que dedicó buena parte de su obra al presidente Belisario Betancur. Vinci Creció en Polonia, pero pasó los últimos años de su vida en Colombia. Fue cartero, activista a favor de los derechos de los homosexuales y los ateos, pintor de acuarelas futuristas y periodista empírico. Su padre era un judío italiano que tuvo la mala suerte de encontrarse en Varsovia cuando las tropas nazis se tomaron la ciudad. El viejo Renato Vinci estaba en un viaje de trabajo. Era el contable de un reconocido relojero italiano. Horas antes de que fuera detenido por los soldados alemanes, Vinci padre escribió una carta a su esposa, convencido de que no saldría con vida de las garras nazis. Entre otras indicaciones, le encomendaba el destino de su pequeño Eduardo.

Cuando llegue la hora de decidir qué hacer con su vida, dile que haga lo que se le venga en gana”

Eduardo vivió con su madre en un pueblo del oriente de Italia, justo al lado del mar Adriático. Fueron años de infelicidad, porque la mujer se entregó al alcohol, tornándose agresiva e irracional. El joven Eduardo interpretó este desenlace como un desplante imperdonable a la memoria de su padre, así que un día, sin pensarlo mucho, decidió abandonar a su suerte a la mujer que lo había traído al mundo. “Probablemente ni se dé cuenta la muy imbécil”, pensó. Y así fue.

Tenía solo 15 años este Eduardo cuando se fue a Varsovia, buscando las palabras de su padre, y esa libertad irremplazable que le quitaron los nazis. Cuando llegó consiguió trabajo como cartero. Esto le daba para comer una vez al día y pagar un cuartucho lleno de ratas y ciempiés, y con lo poco que le sobraba comprar lápices y libretas para escribir en las noches poemas oscuros, repletos de imágenes de muerte y dolor. Ése fue el mundo que Eduardo comenzó a concebir en su cabeza.

Nunca se sintió tentado por la posibilidad de escolarizarse. Le bastaba saberse capaz de escribir, sin reglas y sin amor al arte. Leía a Kafka y a Proust, horas enteras. Escribía para no morir de rabia.

Un día, mientras se tomaba una cerveza, encontrándose casi en la ruina porque le habían despedido del trabajo, conoció al amor de su vida: su nombre era Mario, y venía de un país suramericano llamado Colombia. Mario trabajaba como mesero en un bar de mala muerte. Estaba huyendo de la justicia de su país.

-Soy un ladrón-dijo Mario en un claro inglés.

-Lo importante es que seas marica- dijo el pobre Eduardo, ebrio y atontado.

-Hecho- respondió Mario.

-Sácame de este infierno y te juro que te haré feliz-le rogó Eduardo, mirándole a los ojos.

Mario nunca había sentido compasión por un ser humano, y Eduardo no iba a ser el primero. Eso sí, la oportunidad estaba muy clara. Aquel pasaporte europeo era la salvación, para ambos.

-Tú me enseñas a ser europeo y yo te llevo conmigo a mi país. Empezamos de cero, en un hermoso pueblo en las faldas de un nevado.

Eduardo se desmayó de la felicidad.

En efecto, Eduardo y Mario jugaron a tener una vida juntos en Varsovia. Una vida que duró casi seis meses. Mario sabía cocinar. Eduardo sabía hablar. Así se soportaron, mientras llegaba la hora de partir hacia América del Sur. Los seis meses pasaron rápido. Por las tardes iban a caminar y en la noche hacían sus deberes de amantes. Eduardo estaba casi siempre ebrio. Mario era lúcido y desconfiado, casi nunca dormía, además tenía una obsesión con la higiene. La sensación de estar sucio no lo dejaba en paz. Eduardo lo seguía con la mirada; hacía un paneo lento, torpe; sus párpados temblaban, luchando por no cerrarse. Así se había imaginado el amor.

El 7 de agosto de 1970 Eduardo Vinci y Mario Bottolini llegaron al aeropuerto internacional El Dorado. Ante los oficiales de aduanas se presentaron como dos coleccionistas de arte, ambos socios fundadores de una galería en Varsovia. Bienvenidos a Colombia.

El siguiente capítulo ocurre en Armero, tierra natal de Mario. Mario el verdadero, el ladrón, el marica. El que nunca sintió compasión por ningún semejante.

Para la gente del pueblo los recién llegados eran mafiosos que traficaban cosas. Algunos decían que esmeraldas, otros vaticinaban la explosión de una sangrienta guerra por el control de rutas fluviales y terrestres para el transporte de marihuana y coca. La verdad era que Mario pensaba en algún negocio con un nombre europeo. Cualquier cosa, una camisería, un restaurante, etc. De alguna manera, la relación con Eduardo le había ayudado a entender algunos aspectos esenciales de la vida, como el hecho de saber cuándo era el momento apropiado para pensar en un verdadero cambio; para empezar otra historia. Poco a poco sintió de manera muy lúcida el cansancio y la necesidad de respirar. Eduardo también quería vivir en paz, lejos de la frialdad y de la oscuridad que padeció siendo niño. Por esto el calor y la efervescencia en las maneras de los lugareños le parecían interminables puestas en escena que él debía contemplar hasta la saciedad, cosa que en aquellos primeros días parecía bastante improbable.

Pero es imposible, por culpa de lo que parecen ser meros datos estadísticos (más adelante se empezaría a hablar de teorías de confluencia entre el pensamiento humano y los fenómenos físicos) en apariencia inertes, inofensivos, ir en contra del destino. Eduardo lo supo, y esto pudo constatarse cuando se analizaron sus apuntes personales. El final estaba escrito y Eduardo lo había visto con anticipación. El volcán respirando al lado del pueblo, el silencio de Mario, la mirada esquiva pero siempre vigilante de la gente, los mensajes confusos de sus canciones y muchos otros detalles, todo fue registrado por Vinci en sus cuadernos y libretas. Pero esa fue solo la primera parte del trabajo. La segunda parte, lo que hace que toda esta historia valga la pena, puede apreciarse en el contenido mismo de sus notas.


vinci

Los textos que siguen fueron sacados de un cuaderno que se encontró entre escombros y el lodo, una semana después de la avalancha. Todos fueron escritos entre el primero y el cuatro de noviembre de 1985, cuando se cumplían cinco años de la desaparición de Mario. Se dice que después de que a éste se le perdiera el rastro, Vinci se dedicó a escribir sin descanso. También se dice que retomó, esta vez con más empeño, su debilidad por el alcohol. En Armero su presencia no dejó de ser motivo de chismes y relatos fantásticos. Los niños lo llamaban el “gringo”. Vinci sonreía y los saludaba quitándose el sombrero. Los rumores sobre su homosexualidad fueron, naturalmente, los que mayor circulación tenían, aunque también resultaba irresistible para los lugareños especular sobre sus actividades comerciales, sobre todo después de que su compañero desapareciera de una manera tan misteriosa. La verdad es que Vinci se dedicó a la cría de cerdos, porque no le fue muy difícil interpretar el mercado y calcular las posibilidades de ganancia. Durante algún tiempo se rumoró que el extranjero había financiado su negocio vendiendo su sangre y su semen, aunque nunca existió claridad sobre el destino de las secreciones, sobre todo el semen. Las mujeres de Armero, se vino a saber años después, tenían una tasa de fertilidad increíblemente baja.


Noviembre 4.

Uno de los mosquitos salió de su boca
tenía sus apellidos, esa música,
tenía sus ojos
sus extremidades fuertes
yo estaba despierto
ojos abiertos
por primera vez en años
en esta vida.

Entendí por qué casi nunca dormía

el mosquito se posó sobre mi antebrazo.

Me dijo: antes de matarme asegúrate
de escucharme.


***

anoche la tierra tembló
fue un sueño, pero
nadie podría encarcelarme por eso
como a un loco

Mario
le huye a su propio
silencio
tenemos que morir
algún día, le dije
algún día


Mario me dijo
que lamentaba
aparecerse en
mis sueños

estando tan cerca
de la muerte, le dije
puedo decir,
con absoluta
certeza,
que este es
-apenas-
mi primer sueño.
La tierra volverá
a temblar.

Y nuestra
conversación,
Mario.
Quedará inconclusa.
Dale gracias a Dios
por este desastre natural.



Con todo cariño: al señor Presidente
Noviembre 5, 1985

1.

Seis de la mañana en punto
primer y único pensamiento
de qué te sirve escribir sobre
acuarelas,
si lo que fuiste antes
parece hoy un apéndice
flácido
lo que tocas se vuelve
pierde su forma
sus curvas se transforman
en vértices cortantes
y la mezcla de colores
hiede


Intentas maquillar un rostro
sobre laceraciones
sobre la sangre

El café que tanto te gusta en bandeja de plata
Oh sí...
pero a partir de hoy todo tendrá
ese gusto amargo
Poeta y rey
Conocedor de mujeres y secretos altísimos
imbécil que habla seis idiomas
asesino sonámbulo
que entrega su corona
y llora en las piernas
de una mujer

2.

Dos noticias negras
eclipsan al sol de noviembre

agacha la cabeza

arráncate los ojos

elimina los adjetivos
son como el polvo



Noviembre 8, 1985

Llueve para adentro,
y materiales como el cartón,
el papel  kimberly,
todos se arrugan,
las tintas que los adornan
se escurren
como manchas de sangre
emanando de un cadáver fresco
arrastrado bajo el chasis de un camión
Llueve y todo se inunda
todas nuestras cosas, flotando
los portaretratos
los lápices

los ganchos para el cabello
a la deriva
flotando
listos para llegar al mar
con ellos me alisto
para dormir sobre las aguas
los oídos llenos de porquerías
y entonces estaré sordo
extendido sobre la corriente
mirando nubes secas
un leve balanceo
arrullándome

lo peor viene del cielo
agua y furia
más agua cayendo
me lleva dulcemente por un drenaje
por alcantarillas obsoletas
hacia el mar