La primera cana del león

Por Thorik

Braulio Infatti, seductor, barbisombreado, galán consagrado dentro del insipiente mundo de las telenovelas colombianas. Exiliado de un país donde sus mayores expectativas eran protagonizar comerciales. Casado con Dora Palacios, actriz y modelo caritativa que ha dado de comer y vestir a tanto pobre que abunda en la patria del Nóbel caribeño. Siete años de matrimonio feliz, dos hijos y una casa en el Park Way.

braulio

Procura conservar su acento incompleto porque es gratificante ser cabeza de ratón. Del país ratón donde se les da muy bien eso de adorar a los extranjeros. Ahora tiene su cédula de extranjería, con ese perfil romano que a tantas ha conquistado. Delante y detrás de las cámaras. Una debilidad que eventualmente iba a terminar por detonar su vida sentimental.

Braulio lee en la sección de entretenimiento la noticia de su supuesto, aunque cierto, romance con la co-protagonista de su última novela. El periódico es una bomba en sus manos que hace varias horas hizo explosión, como las paredes del palacio de justicia.

Pero ni siquiera la noticia política del momento puede opacar el escándalo que se avecina. Él lo sabe. Su esposa lo sabe. La secretaria del traumatólogo que lo mira desde el escritorio lo sabe. Seguramente le espera un agitado recibimiento en casa. Y una sucesión de bombazos, pues Carmenza Durán no es la única de sus amantes. Ahora que el tema es de dominio público, se destaparán una tras otra, como una avalancha incontenible que sepultará su familia, su carrera y su honra.

Puede que ‘el pueblo colombiano’, como se le llama a ese indescifrable colectivo de mentes caprichosas y ruidosas, se apiade de él por ser extranjero y no lo arroje a los leones como harían sus antepasados más lejanos. Pero mancillar el honor de una mujer tan querida como Dora Palacios es una dura afrenta a ese orgullo patrio e inexistente de esta tierra que lo acogió, como la doncella recibe al vampiro que la aniquila.
El dolor de su rodilla parece menguar por contraste con la angustia que le sube por la nuca. Dobla el periódico y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta: dejarlo por ahí es demasiado riesgoso. La secretaria del doctor se apresura a cortar su retirada con alguna frase cortés, pero el italiano ya está ensimismado, preparando un parlamento digno que lo saque a flote de ese porvenir enlodado.