Sin título

María Juliana Soto

Mi hermano y yo discutíamos en el patio de la casa. Poco después de haber iniciado aquel escándalo infantil el abuelo se presentó ante nosotros. Llevaba en la mano un corta uñas inmenso, plateado; usaba una bermuda y una bata blanca para estar en la casa. Los miércoles no salía. Se quedaba esperando al contador y tomaba tinto con él a las cinco de la tarde. Nos quedamos callados mientras se sentaba en el pequeño anden que bordeaba el prado. Comenzó a cortarse las uñas de los pies. Los pedacitos de uñas salían disparados como gruesas mini-lanzas amarillentas.



Miré a mi hermano y le dije: !eres un pejesapo! El pobre se cubrió la cara con sus manitos y estalló en llanto. No tenía idea qué significaba ser un pejesapo, pero le afectó muchísimo.

El abuelo continúo la pedicura. Luego hizo una pausa y miró a mi hermano.

-Levanta la cara, muchacho- dijo-, y lleva a tu hermano mayor hasta el televisor. Los pejesapos no se comen las uñas como tú. Los pejesapos preparan grandes sorpresas.