Por prudencia, evitamos pedirle a Marcela Bolívar que revise sus zapatos, aunque es claro alguno de los presentes pisó mierda de perro


Marcos Camacho, María Soto, Luis Mejía, Miguel Tejada


De los cuatro, soy el menos profesional. Espiro el desencanto de mis treinta años, y la pobre María, a mi lado, no puede evitar respirarlo. Entonces no debe sorprendernos que esté enfrascada en una reflexión sobre la palidez. De momento, dice, veo todo pálido. Entrevistas y cumpleaños, la amistad, la suerte en el juego, etc. No es cuestión de mala alimentación. O sí: alimentación para el espíritu. Basura de telepredicador.

Luis viene de afuera, de otra escuela. Recién salido de la fábrica, experto en simulación de combates. Bien preparado. Bien afeitado. Ojos grandes, manos largas y delicadas. Así escribe. Imagínenlo.

A Marcos lo dejo de último, porque va cuidándonos la espalda. Marquitos, el niño adulto. El mago, el enano con poderes, el encantador. En el colegio jugábamos fútbol a pleno sol de mediodía, en un terreno polvoriento, con una que otra roca afilada plantada en la tierra, lista para recibirnos. Yo le pegaba balonazos en los glúteos, a él y a todos los chicos. Se enojaban y me llamaban granuja. Años después, como el hijo que no quiere la cosa, Marcos me sostiene cuando estoy vomitando.

-Conduce la entrevista, Marcos- le digo yo, seguro de que hablaba también por los otros tres.

María me dijo al oído que la delgadez de Marcela le parecía un tema cerebral. Nuclear. Se ve tan débil, me dijo, mostrándome el contraste. Y sí, de otro lado, en lo que hace Marcela uno ve la inmensidad, la boca de un hoyo negro, aspirando con tanta fuerza que parece detenido el tiempo, detenida la muerte. Estar muerto, tan muerto, que no se puede uno morir de verdad ¿Sí me hago entender? A lo mejor no. Nada de esto lo dije en realidad. Lo pensé, mientras trataba de rastrear con mi olfato un maldito olor a excremento de perro. Estaba entre nosotros. Por eso las entrevistas en los parques terminan siempre en el archivo mediático de algún medio regional, sepultadas, sin rótulo.

Marcela nos tranquiliza. Ya está cómoda, aunque la veo por momentos hacer lo mismo que hago yo, pero con su nariz, que es más fina. Empecemos. Marcos enciende la grabadora. Luis no pudo venir, pero ya le pedí que hiciera lo suyo. Ver, apuntar, transcribir, tomar té verde, hacer pilates, escribir poemas en reversa, etc. Es lo bueno de tener afinado el sentido del humor.

Digo cualquier cosa para silenciar a los grillos. Le digo a Marcela que puede tener la seguridad de que no vamos a hacerle preguntas idiotas. Funciona para romper el hielo. La voz de Marcela es dulce. De alguna manera, es necesario decirle que tenerla así, cara a cara, es ya un desenmascaramiento. Ojalá nos contara algún cuento infantil con esa voz. Una saga completa. Podemos acostarnos en la hierba y y escuchar...Pero tenemos que ir al punto. Esto lo dice Marcos con la mirada. Bien, en mis manos tengo un cuaderno donde he apuntado algunas cosas. Lo abro muy despacio y voy hojeando, mientras Marcos le pregunta a Marcela de dónde saca la inspiración para...

Cierro el cuaderno. Los apuntes no sirven para un carajo. Me gusta ponerme de mal humor. Sirve para romper el hielo. María escucha a Marcela. Yo escucho mi propia voz, que me está atormentando con la siguiente pregunta: “¿No te huele raro?” Respondo en voz alta. No tiene sentido, como todo lo que vamos registrando. Marcela lo sentencia mejor: prefiero que la gente diga qué siente cuando ve lo que hago. Así de simple. No estoy pidiendo algo muy complicado. No estoy poniendo sobre la mesa las consecuencias históricas de lo que hago. Por otro lado, con mucha calma, también nos dice: creo que ustedes ya saben que el último que está en la obligación de dar explicaciones es el artista.

¿Qué hubiera dicho Luis? Bueno, paréntesis. Leo las notas de Luis sobre el trabajo de Marcela. Sí, Luis, el fotomontaje nació hace bastante. Oficio viejo que no pierde su encanto. A lo mejor por el morbo, porque lo que se hace, mira, es mover pedacitos de realidad. Crear mundos, como decís vos. Crearlos a partir de escombros, de pedazos de verdad. Pero el oficio se ha ido acomodando a la imbecilidad humana. Yo lo digo así, con la babaza de perro rabioso que me sale cuando me acuerdo del mundo. Tenés razón, Luis, hoy en día cualquier cosa vale. Por eso no hay sugerencias importantes. Antes, si te decían que la foto tenía que tener aquel gradiente magenta-rojo sangre, sabían lo que decían. Lo más adecuado. Pero hoy, como decís en tus notas, cualquiera vive en cualquier parte. Una comunidad virtual por metro cuadrado. Tantos perfiles como fotos digitales, tantos gigabytes. Hoy se es un cualquiera. Y a lo mejor, pienso, el país que Marcela ha ido pintando es el mundo sin cualquieras. Por eso está vacío, salvo una persona. Sí, vamos bien: es ella. Sola, viajando sobre aves fantásticas. Es claro, y en eso hacemos un coro, que Marcela decidió escapar. Esta es una de las razones por las que evitamos caer en el tema de su relación con la ciudad real, la ciudad donde vive, quiéralo o no. No hace falta, creo. Ahí está la respuesta, en sus lagos congelados y en su fauna y flora de sangre fría. De todas formas, el tema flota sobre nosotros. Ella lo deja pasar de lado, porque en general, dice, la gente que ha querido hablar sobre su trabajo también lo ha hecho. Esta reflexión la termina con amabilidad, haciéndole un guiño a los “colegas” que sí están consagrados a involucrar la ciudad en sus trabajos artísticos. Bien por ellos, en serio. Hay un silencio de algunos segundos que Marcela aprovecha para mirar a otro lado. Luego dice: “habrá que ver en qué se va involucrando uno a medida que pasa el tiempo...es decir, la palabra clave aquí es explorar...” Salir, caminar, montar en bus, tomar algún refresco en la calle, mirar el suelo ( al nivel del suelo). Tomar fotos.

Aquí hay una discusión interesante: María dice que Marcela “no está en ninguna parte”, O mejor: vive, trabaja y deja su huella en lugares que ella misma ha creado. La paradoja nos pone un poco incómodos, en el buen sentido. Marcos revisa la grabadora: no queda mucho espacio en la memoria ¿nos apresuramos? Un poco, pero tratamos de seguir un hilo: Marcos, respondiendo a la afirmación de María, dice que la verdadera diferencia hoy, respecto a la discusión sobre el valor real de la obra de arte, es el soporte. El trabajo artesanal, de paciencia y espera, versus la inmediatez del procesamiento de datos. La relativa facilidad del render para hacer que todo esto pase. Marcela se declara respetuosa respecto a las opiniones de los detractores del arte tecnológico. Cada quien se levanta todas las mañanas y valora lo que hace como le viene en gana, y luego, uno opina sobre el trabajo de los otros, y se ubica en algún reducto, y todo esto no evitará que otra persona, en algún lugar del mundo, cuestione el rumbo del arte y le vaticine un final triste y vergonzoso.



Entonces volvemos a los apuntes de Luis, porque la discusión sobre la realidad del país que se inventó Marcela Bolívar va para otro lado. Lo indiscutible de su libertad para crear algo que no existe, en medio del asedio de lo virtual, nos hace pensar, como dice Luis, en las consecuencias de las rutinas que Marcela ha instaurado en su mundo fantástico. El redescubrimiento de las texturas y de las aleaciones, las máscaras, los disfraces, la cópula entre el humano y el árbol. La descomposición de la carne vista como el mismo destino de una fruta que cae al suelo para morir, picoteada luego por aves y por insectos. Esta nada que Marcela creó tiene la lógica de la simulación de la granja virtual y de la tienda de mascotas*. Por supuesto, la factura de una cosa y la otra son caso aparte. El trabajo de Marcela es paciente y lento, a pesar de tener como herramienta una máquina procesadora de imágenes, una máquina del tiempo. Es tentador, a lo mejor, pero creo que al final los cuatro pensamos en los mismo: una obra vale más por el tiempo que te roba de tu vida, y las consecuencias físicas, el dolor que resulta del placer y del sufrimiento, que por el ejercicio de la contemplación del producto final. La razón es simple: a mayor tiempo libre, menor efectividad creativa. Ya sabemos que esto no es producción en serie.

Marcela toma un libro de arte renacentista en sus manos y mata un insecto que se pasea por su escritorio. Ya no está con nosotros. Está sola, en su habitación. Por los parlantes del computador sale la voz de un hombre, cantando en inglés. Es relativamente fácil deducir de dónde salen tus sueños. Los sueños que decides mostrarle al mundo. Pero eso, amigos, es solo la mitad de lo que ocurre aquí. La sangre del insecto aplastado escurre por la pasta del libro. No lo van a creer, pero parece un líquido radioactivo.


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*Lo que muchos odiamos de aquellas aplicaciones como Farmville o Petshop es el hecho de que su éxito entre los usuarios opaca, por momentos, la atracción principal de las comunidades virtuales: el voyerismo y la contemplación vacía de la vida de los demás.

marcela bolívar

De la serie "Mercury and ashes", por Marcela Bolívar.

http://www.graydecay.com/blog/




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