Septiembre de 2010

A la memoria de Ricardo Arjona


Desde lo alto de la colina podía verlos caminar en círculo. Protegían algo invisible. Fernández, el paramédico, estaba seguro de que no podía ser tan difícil hablar sobre algo que no existe. Es cuestión de hacese a un lado. Es un gesto, un movimiento. Esquivar una bala o el recibo de la electricidad, correr, escapar, dejar que todo se incendie a tus espaldas.
Por eso, el éxito del proyecto depende de la eficacia con la que podamos evitar las terribles consecuencias de la existencia de un proyecto: las formas, las juntas editoriales, el aire acondicionado, la depresión en alguna catedral, el pésimo rendimiento de las baterías de litio, y claro, finalmente, lo innombrable: mirarlo a usted a los ojos. Todo, decía, todo lo que se convierte en un problema real, termina adquiriendo un peso que no vas a poder tolerar. Lo supo su mujer, y quiso advertirle a Ricardo, amigo de ambos, cómplice, poeta del drama psicoafectivo moderno. Todo se le perdonaba, porque las señoras decían que sabía leerles la mente. Y lo hacía. El problema, dice Fernández, es lo que la gente hace para obtener esa información. Parece fácil, pero si eras un marginado como Ricardo, cualquier dato es algo inédito. Por eso falsificó sus diplomas. Por eso pagó por las historias ( y sus respectivas explicaciones. Todo masticado). Convirtió a nuestras personas de confianza en espías, en mercachifles que se vendían por cualquier chisme. Después venía otro filtro: el rumorólogo. Un tipo de apellido Madrazo. Ricardo fue cediendo. Le abrió la puerta del único recinto que siempre debe permancer bajo llave. Madrazo entró y pudo ver que su eco iba de un lado a otro, en todas las direcciones. Soy el rey del mundo, soy el rey del mundo. Y gritó así toda la noche. Ricardo solo sentía una ligera jaqueca; tenía algo en la cabeza, por fin.
El resto de la historia ya lo conocemos. Madrazo se instaló en ese piso vacío. Ricardo, siempre autómata y bestial, solo fue un vehículo. Era cuestión de tiempo para que lo lincharan. Madrazo hacía planes de un año, muy optimista.

Entonces Fernández me muestra las manos. Esto es un problema real, pero de momento estamos a salvo. Ricardo dejó de respirar. Él solo, sin ayuda. Fernández sabe que lo tuvo en sus manos. Pudo besarlo y acariciarle la frente. Pudo decirle no te vayas, imbécil. No te vayas, porque mi mujer te necesita. Y yo te necesito.

 









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2010